lunes, 28 de noviembre de 2011

Anoche estuve en una fiesta.



Era la inauguración de la casa de un amigo de una amiga. Más bien la futura casa, porque siendo arquitecto compró una casona muy vieja y a reformar. Este amigo de mi amiga, separado y con una novia casi veinte años menor, había contratado un súper equipo de sonido digno de un boliche con capacidad para cientos de personas, por cuyos parlantes salía música a unos decibeles que le deben de haber costado la enemistad de los futuros vecinos.

En el período entre que llegamos y nos fuimos deben de haber circulado unas sesenta personas cuyas edades oscilaban entre principios de la tercera década y finales de la quinta. Todos, a excepción de un puñado, parecían conocer a la mayoría y por lo tanto, estar pasando un momento agradable, ya sea fumando, tomando, charlando, o participando de un sinsentido de movimientos aislados e insulsos en el área donde habían instalado los equipos de sonido y humo. La señal que emitía sus cerebros era “esto es diversión, oh yeah”. Sin embargo, en sus caras y en sus ojos, se veía, o al menos yo creía ver, aquello que sienten verdaderamente: “sé que esto no me llena pero no tengo ni la menor idea de qué hacer al respecto, así que, por las dudas, le sigo la corriente a todos y hago que me encanta, que la estoy pasando de diez y que no hay nada mejor que esto salvo, quizás, un buen levante”. Contribuyamos a incrementar la falta de sentido y vacío llenándonos de aturdimiento.

Anyway, de todos los concurrentes es sobre el elemento masculino coetáneo sin compañía femenina en quien estaba puesta mi principal atención. De éstos, había un espécimen, por ejemplo, que parecía recién llegado de Italia porque tenía unos mocasines divinos de esos que se ponen únicamente los tanos y que acá son blanco de cargada entre amigos. Éste era precisamente el caso, nos dábamos cuenta, agazapadas detrás de la barra  contratada por el anfitrión, desde donde observábamos a sus amigos señalar el original calzado que él exhibía orgulloso y ajeno a esta dos féminas desconocidas que se reían, no por maldad sino por aburrimiento. Otro, bastante interesante, pasó mirando por el rabillo unas quince millones de veces. Me lo crucé afuera, fumando, adentro, en la barra, pero nunca cruzó más que eso: miradas y relojeo. La famosa histeria masculina. ¿O acaso habría mucho ruido como para entablar conversación? Quizás le molestaría tanto como a mi eso de gritarse para escuchar o de leer los labios adivinando qué dice el otro o lo de aprenderse de memoria las formas de la oreja del interlocutor porque es allí a donde mirás mientras te desgañotás gritando tu parte del diálogo al oído. Sea cual sea el caso, no importa, siguienteeeeee. Otro, era digo de observación porque, parado mientras estaba dale que charlar con sus amigos, “bailaba” en una serie de movimientos rígidos que te hacían mirarlo dos veces para chequear que no estuviera teniendo un taque de algo raro o de retortijones de panza. Cualquier criatura en sala de tres coordina los movimientos mejor que ese tipo. Mi amiga y yo nos retorcíamos pero de la risa.

El que sí había sido estimulante al llegar era el barman, un no coetáneo de mirada y cuchicheo “disimulado” con el amigo después de entregarme el trago, que me hizo sentir piropeada. Luego, vino todo lo anteriormente relatado.

Un par de horas más tarde, mi amiga, aburrida igual que yo, pero con mayor compromiso con el amigo, me insistió en ir a bailar un rato. Yo estaba algo afónica y ese humo que no te deja respirar me iba a hacer pésimo, además, pararme en el medio de una salón y moverme tipo marioneta con dueño con parkinson tratando de seguir una música para la que se me hace casi misión imposible imaginar una coreografía no es mi idea de diversión.

Soy de las primeras generaciones que no tuvieron lentos, ni necesitaron que un tipo las invite a ir a bailar para hacerlo. Osea, lo de anoche no es nuevo, es más, me crié con eso, y sin embargo, me siento de ochenta cada vez que tengo que enfrentar una situación así.

En cuanto mi amiga sintió que había cumplido, nos subimos al auto, y como en una escena de una película antológica de los años ochenta que por supuesto vi con delay, nos cambiamos en el auto, camino a la milonga, donde cuando te miran no hay histeriqueo, sino abrazo, baile y un "gracias" que hacen que todo tenga sentido, al menos por un ratito.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Disparador de alcance internacional.

Como ya les comenté en mi entrada anterior, en este trabajo de campo que emprendí hace un tiempo estoy descubriendo mucho más que un baile. Las historias de casualidades y causalidades son muchas. Ya conocen algunas. Aquí va la de una milonguera y algo más que me contó su historia entre tanda y tanda en una milonga pelermitana.

Al igual que muchos personajes del tango, tanto los que lo descubren de grandes y lo adoptan, como los que lo mamaron de chiquitos, Noe, que había llegado al tango sólo por hacerle la gamba a una amiga una noche, se vio absorbida  por esta danza sensual y se fanatizó con el baile y la milonga de donde, por supuesto, surge la parte masculina en esta historia.

Las escenas que ilustran los momentos de conocerse, gustarse, bailarse y seducirse quedará para otro momento porque no es el punto de lo que tengo para contarles hoy. Por lo tanto, salteamos el primer beso sorpresivo y espontáneo en el medio de la pista y pasamos a la etapa en la que Martín y Noe, ya estaban en una relación bastante formal.

De todo lo que hacían juntos, una de las cosas que más disfrutaban era bailar y por eso no perdían mucho tiempo en averiguar qué onda tenía la milonga a la que iban. Simplemente iban. Y si bien se habían conocido en una de ambiente joven, les gustaba variar. Así fue que llegaron a un par de milongas en las que la vestimenta formal de los concurrentes los obligó a hacer la vista gorda para no sentirse desubicados y otras en las que el lugar era tan deprimente que si no era por el tango hubieran salido despavoridos. También hubo una, por Constitución, en donde su organizadora y cocinera Gaby prepara una comida casera tan buena que una vez Martín casi no había podido bailar de tanto que había comido. En muchas había tantos extranjeros que parecían ellos los visitantes y en otras Martín y Noe destacaban porque eran casi los únicos con pelo negro aún, ¡o mas bien, aún con pelo! (Esto me pareció gracioso) De todas formas, conocer eso, los diferentes lugares, estilos, ondas, además de bailar, claro está, era justamente lo que los divertía y lo que querían. Decían que al entrar en una milonga nueva se dejaban sorprender y llevar por el lugar y su gente.

Y fue en una de esas tantas noches de incursión en la milonga que se les acercó un flaco con micrófono y cámara en mano: “Disculpen chicos, ¿puedo hacerles algunas preguntas?” Martín y Noe se miraron divertidos y por supuesto asintieron. Así, supieron que se estaba filmando un documental para Latinoamérica sobre las milongas en Buenos Aires y andaban buscando desmitificar esto de que el tango es de y para viejos. Imaginen que, con apenas treinta y largos años, nuestros protagonistas eran el tesoro buscado en ese mar de cabezas blancas.

“Nos encanta bailar, sobre todo milonga, es muy divertida. Mirá la cara de felicidad de la gente al bailarla, todos sonríen. Y eso no es de viejos sino de todo el mundo. ¿Quién no necesita disfrutar de algo sano? No es cuestión de edad. Además, el abrazo... ¿a quién no lo cura un abrazo? ¿Sabés a cuántos porteños contracté y malhumorados les hace falta abrazar o que lo abracen?” 

Minutos después llegó la tanda de milonga así que nuestros amigos se excusaron y se levantaron para ir a bailarla sin advertir que la cámara no dejó de rodar y eternizó esas sonrisas al bailar de las que habían hablado minutos antes. Se los veía felices, olvidados y ajenos a cualquier otro mundo que no fuera el de ellos dos en ese instante.

Al terminar la tanda y volver a la mesa, el entrevistador les pidió un mail de contacto o de referencia que Martín y Noe no dudaron en dar, entusiasmados y bromeando sobre aparecer en la tele y hacerse famosos internacionalmente.

Sin embargo, y como era de esperarse, nunca más, por el tiempo que siguieron juntos, Martín y Noe volvieron a saber de aquel documental para Latinoamérica. Pero he aquí que a pocos meses de que Martín decidiera terminar la relación en forma abrupta, cuando Noe comenzaba a reponerse de ese feo final, recibió una noche un mail de una productora pidiéndole una entrevista para una posible propuesta laboral. Creyendo que se trataba de un error llamó para aclararlo. Nunca hubiera imaginado que lejos de ser un error ese mail sería su pasaporte a iniciar una nueva etapa en su carrera y en su vida.

En una noche de zapping, y sin ninguna intención, un conocido terapeuta latino de residencia en Estados Unidos había visto el programa con la entrevista en la que Noe, una docente argentina, decía cosas muy interesantes sobre el abrazo en el tango y opinaba sobre lo bien que le haría a más de muchos. Tan sólo eso le había bastado a Javier, que así se llamaba el terapeuta, para dispararle una idea que creyó prendería mucho en la sociedad newyorkina, tan ávida de cosas nuevas, a la vanguardia de todo, incluyendo locuras y variedades de terapias para todos los gustos. Se le ocurrió armar un taller terapéutico alternativo para los abatidos newyorkinos huidores del beso y del abrazo con paranoias de contagios. Imaginó la ciudad empapelada con carteles y publicidades de gente relajada y feliz, y se permitió soñar con gente abrazándose en las concurridas calles de esa gran ciudad  gracias a la popularización de su taller de tango-terapia.

Así se había iniciado su interés por el tango y esto lo había llevado a Buenos Aires para realizar seminarios intensivos donde definitivamente había sentido en carne propia el efecto del abrazo y de la comunión del baile. En su segundo viaje, la conexión emocional y su trabajo sobre lo terapéutico llegaron tan hondo que le pareció lógico y hasta necesario rastrear a su musa y hacerla partícipe de su proyecto.

Y aquí estaba ella, que, tras conocer a Javier y enterarse del alcance de aquel video grabado hacía casi dos años, recibió de él una oferta como colaboradora para trabajo de campo y aporte de ideas para dar forma al proyecto. ¿Por qué y para qué era tan importante que ella, y no un profesional de la psicología, fuera parte del mismo?, preguntó Noe. La respuesta era simple: porque no necesitaba un profesional sino con alguien que lo complementara y supiera transmitir y Noe, que era docente, lo lograría, él estaba seguro. Además ella había sido la musa inspiradora de toda esta idea que Javier consideraba innovadora y accesible a las masas.

Noe se enamoró instantáneamente de la pasión y la fuerza de ese hombre y por supuesto, como toda mujer, se vio más que seducida al saberse tan buscada. Se entendieron enseguida, en todos los terrenos y hoy, cinco meses más tarde bailan abrazados y toman cursos en Buenos Aires, mientras ella hace valijas para juntos darle forma al taller en Nueva York.

Extasiada y sin poder apartar mi mente del hecho de que esta historia había surgido a partir de la participación espontánea en un video, lo único que pude hacer fue una especie de resumen ordinario y pobretón: “Mirá vos che, un día vas a una milonga con una pareja y ¿qué te vas a imaginar que eso te llevará no sólo a otra sino a tener la opción de un cambio de vida como el que estás eligiendo?”.

La respuesta, al tiempo que la cabecearon para bailar la tanda de Troilo picadito que empezaba a sonar fue simple: “Sí, es verdad, calculo que hay mucho de dejarse llevar.”

Ya les había hablado de esa frase, ¿no?

sábado, 12 de noviembre de 2011

El comienzo.


El encuentro bondilero-rubiabien generó el movimiento de varios hilos que provocaron vientos de cambio en la vida de muchos. De ellos, hasta ahora, sólo conocemos a dos: Violeta y Horacio.

Pero, what about me?, testigo presencial de la curiosa anécdota. Pues bien, al bajar de aquel bondi mi curiosidad me llevó a pasar gran parte de esa noche, lejana ya, en vela, acompañada por una copa de tinto malbec, googleando la palabra milonga y cualquier link que de allí surgiera.

Al principio fue como a hurtadillas, hasta con algo de vergüenza, como si me supiera entrando a un mundo íntimo de otros. Pero con cada click mi curiosidad iba en aumento y así descubrí que era real que había otro mundo, y que éste era de otros, pero para mi sorpresa también descubrí que no era un mundo exclusivo. Queriendo se podía entrar. Al apagar la computadora tras aquella primera velada mía a solas con el tango, mi cabeza contenía una gran cantidad de información que me provocaba ansiedad y mi cuerpo me hacía sentir ese deseo y querer propios del metejón ilógico, pero aparentemente sano. Al meterme en la cama creí que me costaría dormir, sin embargo, concilié el sueño sin problema y dormí muy placenteramente. Desperté, recuerdo, extrañamente abrazada a la almohada.

A la tarde del día siguiente, jueves, después de la jornada laboral, mientras chateaba con una amiga a quien le había contado mi experiencia en el bondi, le escribo en un impulso (aunque con algo de temor a que me mande lejos, se ría, me tilde de grasa o ridícula) “Si no tenés otra cosa, ¿me acompañás a una clase de tango en una milonga?” Respiré profundo, apreté enter y quedé con la mirada fija a la pantalla que enseguida indicó “Airín (con la R pronunciada suave, como en inglés) está escribiendo”. Grande fue mi sorpresa al leer “Sí, dale, me divierte. Aunque lo más probable es que esté lleno de viejos a excepción de la rubia y el bondilero (risas cibernéticas) pero por lo menos es algo diferente. ¿A qué hora y dónde?”

Una capa mi amiga, ¿no? Hoy pienso que su “sí” esa noche quizás sea en mi vida algo tan fuerte como el encuentro rubia-bondilero.  

Y finalmente llegamos por primera vez a una milonga las dos, muertas de risa, pensando que en una hora estaríamos huyendo despavoridas. Pero era claro que íbamos abiertas y con ganas de descubrir y ser sorprendidas. El lugar, la gente con su amplísimo rango de edades, la onda, el contacto, el abrazo, el encuentro, el bailar de verdad, ¡puf! todo eso requiere de muchas entradas más, pero por ahora déjenme contarles que aquella noche aprendí no sólo el paso básico del tango sino también una frase célebre de la milonga: “Dejate llevar.”

Y los dejo con esa frase.

Yo cierro los ojos e imagino que suelto tan sólo por un momento todo lo que me atrapa en mis pensamientos, me angustia y me contractura día a día. Lo suelto y me dejo llevar … por el torso, por el abrazo en cada instante que dura un tango. 


jueves, 3 de noviembre de 2011

Más conexiones y sobre oportunidades.

“Lucas había sido un amor de verano, entre mochilas, fogones sureños, la luna llena y el frío, ideales para emociones intensas a la hora de las hadas y los duendes.

Y tal cual pasa en los cuentos, y a veces también en la realidad, por un instante suspendido en el tiempo no pensaron y se dejaron llevar por la ilusión más buscada del mundo, la del amor. Fue un momento real. Cada uno puso de sí lo que tenía para dar. Ella, muchos mimos, él el deseo ilusorio de la posesión y de prolongarse en el tiempo. Y dicen que, en sintonía con el deseo más profundo, el ser humano lo puede todo.

Fue un encuentro fugaz y certero. La vida fue superior en todo sentido y selló esa noche para siempre.

Ella lo supo algunas semanas más tarde. Él, algo más del tiempo que tardó en terminar su periplo y abrir sus mails. Se reencontraron entre asfalto, bocinazos y un olor distinto al del humo en los polars. Había algo que resultaba como ajeno aunque a la vez conocido. De cualquier forma no era lo mismo, no se sentía lo mismo y parecía no pasar lo mismo. La eterna sonrisa de ella estaba opacada por el smog. Al menos eso le pareció a él. Ella lo percibió distante y algo tenso. Deben de ser mis nervios, pensó, ¿acaso no podría ser que resulte de esto una historia que empieza al revés que las demás? Como un cuento de hadas adaptado a los tiempos modernos.

Otra vez me pasa lo mismo que con todas, pensó él, tengo ganas de irme corriendo. Sin embargo, no lo hizo. Algún motivo oculto, muy oculto, llamó a su instinto a quedarse. Motivo que no tardaría mucho en serle revelado.

Se abrazaron algo incómodos y se sentaron en un café en una esquina. Estoy embarazada, dijo, sin preámbulos, histérica de nervios y casi petrificada. Y son dos.

El momento se congeló. La cara de Florencia en primer plano parecía hinchada y grotesca, sus ojos enormes y penetrantes. Detrás de ella pasaban autos en cámara lenta. Los oídos de Lucas no registraban más que un sonido acuoso. Fue el segundo más largo y más loco de su vida durante el que no dejó de escuchar una voz interior que, como un pájaro carpintero, le martillaba la cabeza dándole la ilógica certeza de que lo que ella decía era cierto. Lo supo en el alma, pero odió al pájaro, a su voz interior, a esta ciudad, a Florencia y a haberse reencontrado con ella aquí, en esta realidad surrealista. Por un instante, deseó que esta mujer que osaba irrumpir así para traerle esta pesadilla a su vida, cayera muerta delante suyo, ahí, en el asfalto caliente, que se la lleve el SAME y nunca más saber de ella.  

Las preguntas y exclamaciones se le agolpaban en la garganta en una sucesión interpuesta de frases inconclusas: ¿Cuándo te enteraste?, ¿cómo pasó? Pero qué, ¿no nos habíamos cuidado?, ¿pero será mío?, ¿dijo dos?, ¡esta mina está loca!, ¿cómo zafo de esto? Por favor, que sea una pesadilla. ¡Ahhh, me estalla la cabezaaaaaa! Por un instante, lleno de impotencia y odio, deseó que esta mujer que osaba irrumpir así para traerle esta pesadilla a su vida, cayera muerta delante suyo, ahí, en el asfalto caliente, que se la lleve el SAME y nunca más saber de ella.  

Pero luego, cuando finalmente logró que su cerebro transmitiera a su boca la orden de hablar, de ésta salió un sencillo “¿Qué?”

Ella no sentía odio en su corazón sino todo lo contrario, pero estaba tan perdida y asustada como él. Tampoco entendía esta nueva realidad. No sabía dónde iría a vivir ni qué le dirían en el trabajo, en la casa, en la vida. No esperaba que él proporcionase soluciones a las cosas ni las buscaba tampoco. Pero perdida o no, para bien o para mal no había vuelta atrás.

Los nervios los traicionaron a ambos y se echaron culpas mutuamente. El quería salir corriendo, ella también, pero sabía que a donde fuera, su cabeza y la situación irían con ella. Era tortuoso. Todo era un gran signo de interrogación. Tenían muchas preguntas y ninguna respuesta.

Y sin embargo, largo rato después, más calmados y envueltos por un momento en las sensaciones encontradas en el sur y con un fresco viento que recorría con ellos la calle Olleros aceptaron que en el mundo de ambos se abrían las posibilidades de transformación.
Y con eso, ellos.

La madre de él dejó de hablarle durante varios meses hasta que por fin aceptó conocer a esa chica que había engatusado a su hijo. Los padres de ella no podrían cuidar bebés porque trabajaban todo el día en la empresa familiar y en el colegio.

Hasta que nacieron Felipe y Benjamín. Entonces, la madre se pidió la jubilación adelantada y el padre delegó el mando empresarial a un buen empleado. El padre de Lucas habló con un amigo de toda la vida que le consiguió a su hijo un puesto administrativo de medio día en una prepaga, ideal para poder, durante las noches, seguir trabajando en eventos y algún día, dedicarse de lleno a esa gran pasión suya, la fotografía. Además del sueldo, la prepaga les daba pañales y leche gratis. Silvia, la abuela paterna, se deshizo en regalos para Florencia y para sus nietos que nacieron para la primavera porteña, pocas semanas después de que sus padres se dieran cuenta de que se extrañaban tanto que decidieran convivir.

Y colorían colorado, esta historia ha terminado.”

“Ay Marita, un cuento de hadas no. Quedar embarazada no es fácil, lo sabemos, y en una noche, y alguien que conociste hace dos días en las vacaciones, hay que estar loco para seguir adelante.”

“Puede ser. Pero se jugaron. Podrían haber elegido otro camino que aparentemente es más fácil y escapar, claro, pero hacerlo, a la corta o la larga te atrapa con cadenas invisibles de dolores, culpas, egoísmos y resentimientos que finalmente te matan”. Mientras buscaba la pava Marita posó una mirada inocente en su amiga pero ambas sabían que sus palabras habían sido un llamado más a que Viole decidiera despertar de la comodidad e inercia en la que la tenía atrapada su convivencia con Horacio desde hacía ya largos meses y la sumía en la depresión y un eterno inconformismo del que no lograba hacerse cargo del todo y entonces andaba por la vida refunfuñando como una vieja a la joven edad de treinta.  

Viole sabía que Marita tenía razón, pero quería tener un hijo y no quería ser madre añosa, como un médico había llamado a una amiga embarazada por primera vez a los treinta y cinco. Había decidido que no era posible volver a empezar y que el romanticismo está sobrevaluado en esta sociedad.

“Marita, eso es lo que le pasó a la hermana de tu compañera. En definitiva no la conocés y no sabés si la mina no lo hizo a propósito.” Prendió un cigarrillo y largó el humo por la ventana. Marita empezó a cebar los mates.

“Para hacer una cosa así a propósito tenés que tener mucha sangre fría y no se condice con el susto que tenía ella. Admitílo Viole, le tocó una difícil, se la jugó desde lo más profundo y le salió bien. Puede que no siempre sea así, claro, pero si no lo probás, no hay forma de darle oportunidad a que pase algo bueno.”

Rumiando el tema y sin saber cómo encarar la situación, al volver a casa esa noche Viole se encontró con un Horacio que parecía no solamente mucho más consciente de la inercia en la que estaban sumergidos sino también decidido a hacer algo por la pareja: tango, revelación que había aparecido esa mañana como una luz al despertar de una pesadilla y disparada tras presenciar un encuentro bizarro rubiabien-bondilero que lo hizo despertar, en todo sentido.
El resto es historia conocida.