Era la inauguración de la casa de un amigo de una amiga. Más bien la futura casa, porque siendo arquitecto compró una casona muy vieja y a reformar. Este amigo de mi amiga, separado y con una novia casi veinte años menor, había contratado un súper equipo de sonido digno de un boliche con capacidad para cientos de personas, por cuyos parlantes salía música a unos decibeles que le deben de haber costado la enemistad de los futuros vecinos.
En el período entre que llegamos y nos fuimos deben de haber circulado unas sesenta personas cuyas edades oscilaban entre principios de la tercera década y finales de la quinta. Todos, a excepción de un puñado, parecían conocer a la mayoría y por lo tanto, estar pasando un momento agradable, ya sea fumando, tomando, charlando, o participando de un sinsentido de movimientos aislados e insulsos en el área donde habían instalado los equipos de sonido y humo. La señal que emitía sus cerebros era “esto es diversión, oh yeah”. Sin embargo, en sus caras y en sus ojos, se veía, o al menos yo creía ver, aquello que sienten verdaderamente: “sé que esto no me llena pero no tengo ni la menor idea de qué hacer al respecto, así que, por las dudas, le sigo la corriente a todos y hago que me encanta, que la estoy pasando de diez y que no hay nada mejor que esto salvo, quizás, un buen levante”. Contribuyamos a incrementar la falta de sentido y vacío llenándonos de aturdimiento.
Anyway, de todos los concurrentes es sobre el elemento masculino coetáneo sin compañía femenina en quien estaba puesta mi principal atención. De éstos, había un espécimen, por ejemplo, que parecía recién llegado de Italia porque tenía unos mocasines divinos de esos que se ponen únicamente los tanos y que acá son blanco de cargada entre amigos. Éste era precisamente el caso, nos dábamos cuenta, agazapadas detrás de la barra contratada por el anfitrión, desde donde observábamos a sus amigos señalar el original calzado que él exhibía orgulloso y ajeno a esta dos féminas desconocidas que se reían, no por maldad sino por aburrimiento. Otro, bastante interesante, pasó mirando por el rabillo unas quince millones de veces. Me lo crucé afuera, fumando, adentro, en la barra, pero nunca cruzó más que eso: miradas y relojeo. La famosa histeria masculina. ¿O acaso habría mucho ruido como para entablar conversación? Quizás le molestaría tanto como a mi eso de gritarse para escuchar o de leer los labios adivinando qué dice el otro o lo de aprenderse de memoria las formas de la oreja del interlocutor porque es allí a donde mirás mientras te desgañotás gritando tu parte del diálogo al oído. Sea cual sea el caso, no importa, siguienteeeeee. Otro, era digo de observación porque, parado mientras estaba dale que charlar con sus amigos, “bailaba” en una serie de movimientos rígidos que te hacían mirarlo dos veces para chequear que no estuviera teniendo un taque de algo raro o de retortijones de panza. Cualquier criatura en sala de tres coordina los movimientos mejor que ese tipo. Mi amiga y yo nos retorcíamos pero de la risa.
El que sí había sido estimulante al llegar era el barman, un no coetáneo de mirada y cuchicheo “disimulado” con el amigo después de entregarme el trago, que me hizo sentir piropeada. Luego, vino todo lo anteriormente relatado.
Un par de horas más tarde, mi amiga, aburrida igual que yo, pero con mayor compromiso con el amigo, me insistió en ir a bailar un rato. Yo estaba algo afónica y ese humo que no te deja respirar me iba a hacer pésimo, además, pararme en el medio de una salón y moverme tipo marioneta con dueño con parkinson tratando de seguir una música para la que se me hace casi misión imposible imaginar una coreografía no es mi idea de diversión.
Soy de las primeras generaciones que no tuvieron lentos, ni necesitaron que un tipo las invite a ir a bailar para hacerlo. Osea, lo de anoche no es nuevo, es más, me crié con eso, y sin embargo, me siento de ochenta cada vez que tengo que enfrentar una situación así.
En cuanto mi amiga sintió que había cumplido, nos subimos al auto, y como en una escena de una película antológica de los años ochenta que por supuesto vi con delay, nos cambiamos en el auto, camino a la milonga, donde cuando te miran no hay histeriqueo, sino abrazo, baile y un "gracias" que hacen que todo tenga sentido, al menos por un ratito.