Paso el pie y luego el resto del cuerpo por una vagina gigante. Finalmente, tras el esfuerzo de liberarme de su abrazo, logro salir. Me doy vuelta y la miro cerrarse herméticamente para guardar aquello que fue, fui. Adiós. Cortar lazos. Saludo. Estén en paz. Está en paz. Agradezco. Le agradezco. Hasta aquí me trajo. Sonrío, estoy en paz. Estoy donde tengo que estar. Soy más liviana, tanto, que floto.
Relatos de un Segundo
miércoles, 15 de febrero de 2012
martes, 27 de diciembre de 2011
¿Por qué vas a la milonga?
Algunos mortales tenemos la costumbre (buena, mala, con mayor o menor sentido, como todas las costumbres) de querer cerrar el año de alguna manera que resulte como notoria, no sé. Calculo que es un último intento de asir e inmortalizar aquello que se va. Tal vez es sólo una tonta necesidad estructural de algún cerebro humano. O quizás, en el mejor de los casos, se trata de rescatar lo bueno y revisar lo aprendido de lo malo para abrirnos a lo que está por venir y así, que las futuras arrugas y canas nos encuentren sobre un cúmulo de experiencia real y fructífera. Claro, como dije, en el mejor de los casos.
En fin, por el motivo que sea, hoy, tras el inicio del trabajo de campo emprendido este año (para el que además de salir y bailar, escucho y me dejo llevar) comparto con ustedes respuestas recabadas durante el mismo sobre algunas de las razones de milongueros y milongueras del por qué ir a LA MILONGA.
“Porque es el lugar donde logro apagar la cabeza”,
“Porque se me dibuja la sonrisa de sólo pensar en ir”
"Porque me siento buscada"
“Porque cierro los ojos y por unos minutos todo es perfecto”
“Porque desaparecen las contracturas del cuerpo y del alma”
“Porque me divierto”
“Porque dejarse llevar es maravilloso”
“Porque es puro placer”
“Porque es el mar de abrazos de Buenos Aires”
“Porque me siento linda”
“Porque me encuentro con amigos”
“Porque me lo recetó el médico”
“Porque descubro la poesía de mi cuerpo”
“Porque es mi espejo cultural”
“Porque hay levante”
“Porque me siento vivo”
“Porque mi viejo iba a la milonga”
“Porque me queda cerca”
“Porque usar esos zapatos es imperdible”
“Porque dejamos de estar solos”
“Porque encuentro tradición y futuro”
“Porque me separé”
“Porque la paso bárbaro con poca guita”
“Porque es el día que me empilcho”
“Porque me hace despegar los pies del piso”
“Porque cae toda barrara de edad o de idioma”
“Porque voy buscando algo que ni sé qué es y ahí, por un ratito, lo encuentro”
“Porque no dependo de nadie para ir”
"Porque cada noche me enamoro veinte veces por diez minutos”
“Porque el tango siempre me espera”
“Por lo que promete”
“Porque va él”
“Porque va ella”
domingo, 18 de diciembre de 2011
Fin de año y balance.
Fin de año y balance:
Infinitamente gracias.
Amor inagotable, crecimiento, maduración, protección, admiración, trasmisión. Dar y recibir. Dador. Familia ascendente y descendente. Paz.
Ideas iluminadas y aplaudidas, sorpresas que abren puertas, reafirman, construyen, reconfortan, palabras y miradas alentadoras de presente, confianza, amistad contenedora, compañía en la ruta, música y baile infinitos, distancias bisagra que dan perspectiva, conexión.
También desconexión, encuentro, desencuentro, ilusión, desilusión, reconocimiento, orgullo, frustración, enojo.
Y siempre: búsqueda, equilibrio interior, fortaleza, superación, emoción y agradecimiento.
Queda tanto por lograr. Pido el tiempo y el espacio para hacerlo y ojalá sea con la confianza y grandeza que deseo bajo la iluminación y el eje de lo logrado.
Gracias.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Día nacional del tango.
Mi pequeño pero representativo tributo no es sólo de hoy sino de cada día que me calzo los zapatos, cierro los ojos y allá voy.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Apagar la cabeza.
Una amiga anda cabizbaja y meditabunda. No sabe bien por qué pero va arrastrando su energía. La escucho y su discurso suena a algo así como que está en uno de esos momentos (que aunque sea breve lo sentís eterno por estar cargado de viejas y conocidas sensaciones) que nada te funciona; cuando sentís que las puertas se cierran, o que ni siquiera se abren; cuando tus teléfonos no suenan; cuando tus amigos no contestan tus mensajes; cuando a pesar del sol el día está pesado; cuando no te queda más que transar con gente y cosas sin pretender nada para uno en pos de un bien superior; cuando parece que no hay justicia de esa chiquita, cotidiana, que te reconforta; cuando los horarios se dan al revés de cómo los necesitás; cuando de pronto hasta el proyecto más pavo se torna en insulso; cuando estás en ese instante en que mirás para atrás y no le encontrás sentido al camino recorrido en función del resultado entre tus manos; cuando tenés dejá vus que te hacen sentir que seguís sin aprender una lección necesaria para poder avanzar (e ilusamente habías creído que esta vez sí lo lograrías) y además te hacés cargo del enojo y frustración con tu propio ser por ver el tiempo pasar y sentirte siempre en el mismo lugar, pensando, temiendo lo mismo…
Escucho y siento en carne propia cada descripción. Porque estuve parada en esa sensación, porque no estoy exenta de volver a estarlo. ¿Cómo salir de ahí? Quisiera extender los brazos y contener. Quisiera sentir el abrazo yo también. Quisiera no volver a pensar. Quisiera sólo amar y confiar. Quisiera que alguien me diga cómo lograrlo, cuál es el secreto. Y si ya lo sé en mi alma, entonces basta de cobardías, adiós a los miedos y lo más difícil de todo: apagar el pensamiento.
Debe de ser por eso que me gusta tanto ir a la milonga.
viernes, 2 de diciembre de 2011
De cómo las insignificancias cotidianas a veces nos sacan el equilibrio.
Uno de esos días en los que el mundo parece estar en contra de uno.
Qué loco que cada uno de nosotros pensemos eso alguna vez, ¿no? Como si el universo, cuyo equilibrio y sabiduría son infinitamente más sabios que nosotros, perdiese tiempo para conspirar en contra de esa pequeña partícula de polvo que es cada ejemplar de humano.
Pero en fin. Aunque a nivel cósmico no sea así, así se siente. Y así se sintió hoy mi amiga Inés, que llegaba tarde al laburo porque estaba agotada y después de que sonó el despertador se dijo: cinco minutos máaaas, que derivaron en cuarenta y cinco. “Nadie lo advirtió, es cierto”, me explicaba ella, “pero es suficiente saberlo uno y correr como para estresarse y empezar la mañana con una tensión extra”. No es que sólo le pasó eso, obvio, sino que al bajar del tren apurada, el boleto que tenía en la mano para no perder tiempo (por si a los guardias se les ocurría que hoy tenían ganas de controlar al grito de “Pasaaaajeeeeeeeeeessssssssss” a quienes bajan del tren) se le voló. Golpe de nervios. Corrió en vano tras el boleto que fue a parar a las vías, cuyo estado de basurero comunitario adoptado por usuarios y avalado por la empresa ferroviaria y autoridades, sean nacionales, locales, privadas o públicas, impedía ver dónde había caído el valioso papelito. Uno pensaría que los inconstantes guardias la dejarían pasar ya que seguramente la habían visto correr por el andén. Contrario a lo esperado, se negaron a hacerlo y encima pretendían cobrarle multa. “Diez pesos señora o vaya a hablar con el supervisor que está allá en la punta”, era lo que le repetían soberbiamente sin mirarla. Decidió que no discutiría con estos tipos que se hacen los patovicas, y recordó que a principio de año, una vuelta que no le habían querido vender boleto en Mitre por no tener cambio en la ventanilla la multaron ¡y ella pagó! al bajarse en Belgrano. Ridículo. “Estaban los chicos esperándome a la salida del colegio”, se justificó ante sí misma. Pero hoy: “Disculpen muchachos, permiso”, salió de la estación y mientras se alejaba, escuchó que un guardia le decía al otro, “Así no se puede laburar. La gente hace lo que quiere.” Aunque el patovica no lo supo, esta vez Inés sí acordó con él. ¿Por qué no se hacen cumplir las reglas, esas que indican que la empresa debe tener cambio para el cliente y el compromiso de dar el servicio al usuario en tiempo y forma sin temor a choques, descarrilamientos o barreras defectuosas y con formaciones y vías en estado técnico y de limpieza respetable? Y ni que hablar de los moditos con que “atienden” tanto los patovicas como los boleteros (ok, no generalicemos, que el que vende boletos en Belgrano, cuando no está el cascarrabias canoso que no dice ni buen día y además tiene unas uñas comidas asquerosas y lee un pasquín, es muy amable)
Pero decía, tras salir disparada sin pagar la multa que no le correspondía y llegar tarde pero desapercibida, se acomodó en su sector de trabajo y luego de encender la computadora y chequear correspondencia, se dirigió al sector de administración donde debía realizar el trámite para traspaso de banco para poder cobrar el próximo sueldo. Hete aquí que el banco nuevo había detectado una deuda en un banco con el que había dejado de operar otra cuenta sueldo hacía años y mi amiga, una tipa muy formal y ordenada, se escandalizó al saberse en el Veraz. Más enojo en esta mañana y nota mental y para la tarde: ir al banco con la consecuente pérdida de tiempo a ver qué pasó. Cuando volvió de administración y mientras me servía una taza de café, la jefa directa y otra colega hablaban sobre un hecho ocurrido el día anterior del que varios, a colación de otros hechos similares, vienen advirtiendo a quien debe tomar cartas en el asunto y no lo hace. Esta señora, su jefa, que se comía un yogurt light y que según Inés, buena falta le hace, se despachó con tutti a opinar sobre lo que es esperable y lo que debería hacerse en casos como el que se conversaban. Inés, investida el año pasado con el título de empleada pichi non-grata luego de un comentario que por espontáneo y sincero incomodó a toda la plana mayor y la llevó a tambalear en su puesto, decidió esta vez callar ya que aunque hubiese dicho lo mismo, se la hubiera descartado, ignorado o peor aún, tomado por subversiva.
Para agregar a la cabrona que se tuvo que comer por tener que callar lo que otros pueden decir, (nada nuevo bajo el sol, ¿no?) notó que en la zona de descanso, estaba el jefe de otra área en franca conversación con un conocido capo maestro de yoga. No sólo conocido por famoso, sino porque mi amiga había tomado clases con él. Grande fue la sorpresa de Inés al saber que estaban pensando en implementar el yoga en la empresa para facilitar y mejorar el rendimiento. Toda una idea genial. El lector pensará que Inés trabaja en una empresa recopada. Y quizás lo sea, pero a un año de haber entregado un proyecto a sus top jefes para implementar la incorporación de disciplinas en las que los involucrados en la empresa puedan desarrollar su concentración y habilidades creativas para mejorar capacitaciones y rendimientos generales, mi amiga se sintió pisoteada, ignorada y subestimada, sobre todo eso, porque más allá de laburar, ella pone mucho de sí ahí dentro. ¿Estaría su proyecto todavía sobre el escritorio del jefe o ya en el tacho de los papeles a reciclar? Porque aunque no sea una empresa empleado-friendly sí es una empresa environment-friendly. ¿O acaso sería muy bochornoso para quien debería haberlo propuesto antes aceptar que una pichi había aportado la idea donde hacía falta? Probablemente. Pero Inés no tenía certeza de nada porque nunca le habían dado un feedback de su trabajo.
Ofuscadísima, antes de sentarse a hacer unas respiraciones de yoga para bajar decibeles, me llama y me cuenta los pormenores de su día. La escucho y acuerdo con que las mismas cosas otros días no la afectan de la misma manera y le digo que cuando se siente a meditar, trabaje sobre aquello que permitió que estos pormenores de la vida cotidiana de un laburante la afecten tanto.
Claro que nos pasan estas cosas a diario y caemos en el mal humor, lo cual es normal. Pero eso que nos pasa y nos afecta, muchas veces podemos usarlo como llamado de atención para buscar y provocar cambios positivos, por ejemplo, decidir cambiar de trabajo o comprarnos un auto para no bancarse más el tren. Otras veces, cuando esas opciones no son viables por el momento, ya sea porque no vemos cómo provocar el cambio o tenemos temor de hacerlo, necesitamos aceptar, saber si queremos incomodarnos para ir en busca de lo nuevo y desconocido y luego, con eso en claro, mantenernos abiertos para encontrar y reconocer las oportunidades. Para eso particularmente voy solicitando altas dosis de paciencia y entrega a la energía cósmica. Ooooooooommmmmmmm…
lunes, 28 de noviembre de 2011
Anoche estuve en una fiesta.
Era la inauguración de la casa de un amigo de una amiga. Más bien la futura casa, porque siendo arquitecto compró una casona muy vieja y a reformar. Este amigo de mi amiga, separado y con una novia casi veinte años menor, había contratado un súper equipo de sonido digno de un boliche con capacidad para cientos de personas, por cuyos parlantes salía música a unos decibeles que le deben de haber costado la enemistad de los futuros vecinos.
En el período entre que llegamos y nos fuimos deben de haber circulado unas sesenta personas cuyas edades oscilaban entre principios de la tercera década y finales de la quinta. Todos, a excepción de un puñado, parecían conocer a la mayoría y por lo tanto, estar pasando un momento agradable, ya sea fumando, tomando, charlando, o participando de un sinsentido de movimientos aislados e insulsos en el área donde habían instalado los equipos de sonido y humo. La señal que emitía sus cerebros era “esto es diversión, oh yeah”. Sin embargo, en sus caras y en sus ojos, se veía, o al menos yo creía ver, aquello que sienten verdaderamente: “sé que esto no me llena pero no tengo ni la menor idea de qué hacer al respecto, así que, por las dudas, le sigo la corriente a todos y hago que me encanta, que la estoy pasando de diez y que no hay nada mejor que esto salvo, quizás, un buen levante”. Contribuyamos a incrementar la falta de sentido y vacío llenándonos de aturdimiento.
Anyway, de todos los concurrentes es sobre el elemento masculino coetáneo sin compañía femenina en quien estaba puesta mi principal atención. De éstos, había un espécimen, por ejemplo, que parecía recién llegado de Italia porque tenía unos mocasines divinos de esos que se ponen únicamente los tanos y que acá son blanco de cargada entre amigos. Éste era precisamente el caso, nos dábamos cuenta, agazapadas detrás de la barra contratada por el anfitrión, desde donde observábamos a sus amigos señalar el original calzado que él exhibía orgulloso y ajeno a esta dos féminas desconocidas que se reían, no por maldad sino por aburrimiento. Otro, bastante interesante, pasó mirando por el rabillo unas quince millones de veces. Me lo crucé afuera, fumando, adentro, en la barra, pero nunca cruzó más que eso: miradas y relojeo. La famosa histeria masculina. ¿O acaso habría mucho ruido como para entablar conversación? Quizás le molestaría tanto como a mi eso de gritarse para escuchar o de leer los labios adivinando qué dice el otro o lo de aprenderse de memoria las formas de la oreja del interlocutor porque es allí a donde mirás mientras te desgañotás gritando tu parte del diálogo al oído. Sea cual sea el caso, no importa, siguienteeeeee. Otro, era digo de observación porque, parado mientras estaba dale que charlar con sus amigos, “bailaba” en una serie de movimientos rígidos que te hacían mirarlo dos veces para chequear que no estuviera teniendo un taque de algo raro o de retortijones de panza. Cualquier criatura en sala de tres coordina los movimientos mejor que ese tipo. Mi amiga y yo nos retorcíamos pero de la risa.
El que sí había sido estimulante al llegar era el barman, un no coetáneo de mirada y cuchicheo “disimulado” con el amigo después de entregarme el trago, que me hizo sentir piropeada. Luego, vino todo lo anteriormente relatado.
Un par de horas más tarde, mi amiga, aburrida igual que yo, pero con mayor compromiso con el amigo, me insistió en ir a bailar un rato. Yo estaba algo afónica y ese humo que no te deja respirar me iba a hacer pésimo, además, pararme en el medio de una salón y moverme tipo marioneta con dueño con parkinson tratando de seguir una música para la que se me hace casi misión imposible imaginar una coreografía no es mi idea de diversión.
Soy de las primeras generaciones que no tuvieron lentos, ni necesitaron que un tipo las invite a ir a bailar para hacerlo. Osea, lo de anoche no es nuevo, es más, me crié con eso, y sin embargo, me siento de ochenta cada vez que tengo que enfrentar una situación así.
En cuanto mi amiga sintió que había cumplido, nos subimos al auto, y como en una escena de una película antológica de los años ochenta que por supuesto vi con delay, nos cambiamos en el auto, camino a la milonga, donde cuando te miran no hay histeriqueo, sino abrazo, baile y un "gracias" que hacen que todo tenga sentido, al menos por un ratito.
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